Esta es la estación que el cuco prefiere y yo también.

ESTACIONES I Esta es la estación que el cuco prefiere y yo también, cuando caen con la luvia las hojas del castaño y ya vuelan ...

lunes, 6 de enero de 2020

Entraba y salía, en los círculos de la tarde serena, el frívolo cuclillo con su flautín irreverente.

Negro, sobre la lumbrada del ocaso, el arruinado molino tenía inmóviles las aspas. El Marqués de Bradomín, a mitad de la cuesta, muy velazqueño con atavíos de cazador, oía los cuentos de la molinera, y atendían de lejos, sentadas en un ribazo del camino, Feliche y la Marquesa Carolina. Agorinaba la molinera:
—¡Subitáneo, mi señorita! ¡Subitáneo! ¡Fue aquel desate un propio santiamén de Lucifer! ¡Como lo pinto! ¡A pique de perecernos sin el aviso de la viga!… ¡Y vaya un revuelo de tejas por los aires, más negras que cárabos! ¡Como lo pinto! ¡Propio desboque de yeguas era aquel tumulto de mares monte abajo! ¿Y ahora qué se hace? ¡Buscar una cueva para acabar estos tristes años! ¡Todo aquel arreglo bendito se lo llevó el desate de aguas! ¡Santísimo Dios! ¡Ya nos tienes otra vez coritos como al nacer! ¿Qué cueva nos deparas, Justo Juez? ¡Y si tampoco quieres darnos una cueva, mándanos un tabardillo y acaba tu obra misericordiosa, ya que tan desnudos nos dejaste! ¡No lo descuides, Rey de los Cielos! ¡Cinco inocentes, dos de un parto, un hombre impedido que pinga los reumas!… ¡Y qué te cuento, si sabido lo tienes!
En el cielo raso y azul, serenaban las lejanías sus crestas de nieves, y en pujante antagonismo cromático encendía sus rabias amarillas la retama de los cerros. Remansábase el agua en charcales. Asomaba, en anchos remiendos, el sayal de la tierra. Volaban los pájaros en aparejado noviazgo: Entraba y salía, en los círculos de la tarde serena, el frívolo cuclillo con su flautín irreverente.

Ramón María del Valle-Inclán
La Corte de los Milagros
El ruedo ibérico - 1

En los últimos años del reinado de Fernando VII el absolutismo va mitigando su rigor, mientras que en la corte se va formando una vasta intriga alrededor del hermano del monarca, que continúa con la subida al trono de Isabel II tras la derogación de la ley sálica. Todo su reinado será una serie ininterrumpida de conspiraciones, revueltas y camarillas. Trazando la caricatura de la ya de por sí esperpéntica realidad, Valle acierta a exponer todos los tópicos vigentes, todos los lemas de los partidos, y a componer un mosaico de personajes reales e inventados, a través de la historia de la familia Torre-Mellada. Una obra protagonizada por las intrigas, el cabildeo y las camarillas de una época en la que no faltaron milagros palaciegos ni monjas estigmatizadas.

martes, 24 de diciembre de 2019

Según Azara, este ave deposita sus huevos en los nidos de otras, como hace el cuco.

Hállanse numerosas especies de aves en las verdeantes llanuras que rodean a Maldonado. Hay allí varias especies de una familia que por su conformación y sus hábitos se aproxima mucho a nuestro estornino; una de esas especies (Molothrus niger) tiene unas costumbres muy notables. Con frecuencia puede verse a muchos de sus individuos posados en los lomos de un caballo o de una vaca; cuando se encaraman sobre un seto, limpiándose las plumas al sol, intentan algunas veces cantar o más bien silbar. El sonido que emiten es singularísimo: se asemeja al ruido que haría el aire saliendo por un pequeño orificio debajo del agua, pero con fuerza suficiente para producir un sonido agudo. Según Azara, este ave deposita sus huevos en los nidos de otras, como hace el cuco. Los campesinos me han dicho varias veces que hay ciertamente un ave que tiene esta costumbre; mi ayudante, persona muy cuidadosa, encontró un nido del gorrión de este país (Zonotrichia matutina), nido que contenía un huevo mayor que los otros, de color y forma diferentes también. Hay otra especie de Molothus en la América del Norte (Molothrus pecoris) que tiene esa misma costumbre del cuco y que desde todos los puntos de vista se asemeja mucho a la especie del Plata, hasta en el insignificante detalle de posarse en el lomo de las reses; sólo difiere de ella en ser un poco más pequeña, y en que su plumaje y sus huevos tienen un tinte algo diferente. Esta semejanza chocante de conformación y de costumbres en especies representativas que habitan en los dos extremos de un gran continente, tiene siempre sumo interés, aunque se encuentra con frecuencia. 
Mr. Swainson ha advertido con mucha razón que, excepto el Molothrus pecoris (al cual conviene añadir el Molothrus niger), los cucos son las únicas aves que realmente pueden llamarse parásitas, es decir «que se adhieren, digámoslo así, a otro animal vivo, animal cuyo calor hace desarrollarse a su cría, que alimenta a sus hijuelos y la muerte del cual causaría la de éstos». Es muy de notar que algunas especies del cuco y del molotro, aunque no todas, hayan adoptado esta extraña costumbre de propagación parásita, cuando difieren casi todas sus otras costumbres. El molotro es un ave esencialmente sociable, como nuestro estornino, y vive en llanuras abiertas sin tratar de esconderse o de ocultarse; por el contrario (como todo el mundo lo sabe), el cuco es tímido en extremo, no frecuenta sino los matorrales más retirados y se alimenta de frutos y de orugas. Estos dos géneros tienen también una conformación muy diferente. Se han propuesto muchas teorías, llegándose a invocar hasta la frenología, para explicar el origen de ese tan curioso instinto que induce al cuco a poner sus huevos en los nidos de otras aves. Creo que sólo las observaciones de M. Prévost han dado alguna luz respecto a este problema. La hembra del cuco pone lo menos cinco o seis huevos; según la mayor parte de los observadores; y, según M. Prévost, tiene que ayuntarse con el macho cada vez que ha puesto uno o dos huevos. Pues bien, si la hembra se viese obligada a incubar sus propios huevos, tendría que incubarlos todos juntos, y por consiguiente, los de las primeras puestas quedarían abandonados tanto tiempo que se pudrirían, o tendría que ir incubando cada huevo por separado, inmediatamente después de ponerlo; y como el cuco permanece en nuestro país mucho menos tiempo que ninguna otra ave emigrante, la hembra no dispondría del necesario para ir incubando uno tras otro todos sus huevos durante su permanencia. El hecho de que el cuco se ayunta varias veces y la hembra pone los huevos con intervalos, parece explicar que los deposite en los nidos de otras aves y los abandone a los cuidados de sus padres postizos. Estoy tanto más dispuesto a aceptar esta explicación, cuanto que, como pronto se verá, he llegado de una manera independiente a adoptar las mismas conclusiones respecto a los avestruces de la América meridional, cuyas hembras son parásitas unas de otras, si así puede decirse; en efecto, cada hembra deposita varios huevos en los nidos de otras hembras, y el macho se encarga de todos los cuidados de la incubación, como los padres postizos respecto al cuco.

Charles Darwin, Viaje de un naturalista  alrededor del mundo

sábado, 20 de octubre de 2018

El libro genético de los muertos

 El libro genético de los muertos

Recuerda la sabiduría de los viejos días… *
W.B. Yeats, The Wind Among the Reeds [El viento entre las cañas] (1899)
* Remember the wisdom out of the old days…
La primera redacción escolar que puedo recordar llevaba por título «El diario de un penique». Uno tenía que imaginar que era una moneda y contar su historia, de cómo pasó cierto tiempo en un banco hasta que fue entregada a un cliente, cómo sintió el tintineo de las demás monedas en el bolsillo, cómo fue entregada en pago de alguna compra, cómo fue entregada a otro cliente como cambio, y después… bueno, seguro que el lector escribió también una redacción similar alguna vez. Es útil pensar del mismo modo en un gen que viaja no de un bolsillo a otro, sino de un cuerpo a otro a través de las generaciones. El primer punto que la analogía de la moneda deja claro es que, por supuesto, no hay que tomar la personificación del gen al pie de la letra, del mismo modo que cuando teníamos siete años de edad no pensábamos que nuestras monedas pudieran hablar. La personificación es a veces un artificio útil, y el que algunos críticos nos acusen de tomarla al pie de la letra es casi tan estúpido como el hecho mismo de tomar la personificación al pie de la letra. Los físicos no están literalmente «encantados» por sus partículas, y el crítico que les acusara de ello sería un fastidioso pedante.
Llamamos «acuñación» de un gen a la mutación que lo hizo nacer por alteración de un gen previo. Sólo una de las muchas copias de un gen en la población se modifica (por un evento de mutación, pero una mutación idéntica puede modificar otra copia del mismo gen en el acervo genético en algún otro momento). Las demás continúan produciendo copias del gen original, que ahora puede decirse que compite con la forma mutante. Producir copias es, desde luego, algo que los genes, a diferencia de las monedas, hacen extraordinariamente bien, y nuestro diario de un gen debe incluir las experiencias no de los átomos concretos que constituyen el ADN, sino las experiencias del ADN en forma de múltiples copias a lo largo de generaciones sucesivas. Como vimos en el capítulo anterior, gran parte de la «experiencia» de un gen de las generaciones anteriores consiste en interactuar con otros genes de su misma especie, y ésta es la razón por la que cooperan de manera tan amigable en la empresa colectiva de construir cuerpos.
Plantéemonos ahora la pregunta de si todos los genes de una especie tienen las mismas «experiencias» ancestrales. En su mayoría sí. La mayoría de genes de búfalo puede mirar hacia atrás y contemplar una larga línea de cuerpos de búfalo que gozaron, o sufrieron, experiencias típicas de búfalo. Los cuerpos en los que estos genes sobrevivieron incluyen búfalos macho y hembra, grandes y pequeños, etc. Pero hay subconjuntos de genes con experiencias distintas, por ejemplo los que determinan el sexo. En los mamíferos, los cromosomas Y se encuentran sólo en los machos y no intercambian sus genes con otros cromosomas, de modo que un gen situado en un cromosoma Y ha tenido una experiencia limitada a los cuerpos de búfalo masculinos. Sus experiencias son en gran parte típicas de los genes de búfalo en general, pero no por completo. A diferencia de la mayoría de genes de búfalo, no sabe qué es estar situado en un búfalo hembra. Un gen que haya estado siempre en un cromosoma Y desde el origen de los mamíferos en la era de los dinosaurios habrá pasado por cuerpos masculinos de muchas especies distintas, pero nunca por un cuerpo femenino. El caso de los cromosomas X es más complicado. Los mamíferos de sexo masculino poseen un cromosoma X (heredado de la madre, más un cromosoma Y heredado del padre), mientras que las hembras poseen dos cromosomas X (uno de cada progenitor). Esto quiere decir que cada gen de un cromosoma X ha pasado por cuerpos tanto femeninos como masculinos, pero dos tercios de su experiencia se han desarrollado en cuerpos femeninos. En las aves la situación se invierte: las hembras poseen cromosomas sexuales desiguales (que bien podemos denominar X e Y por analogía con los mamíferos, aunque la terminología oficial para las aves es distinta), y los machos dos cromosomas iguales (XX).
Los genes de los demás cromosomas han tenido todos una experiencia igual de cuerpos masculinos y femeninos, pero sus experiencias pueden ser distintas en otros aspectos. Un gen habrá pasado más tiempo en cuerpos ancestrales que hayan poseído cualidades codificadas por ese gen (patas largas, cuernos gruesos, o lo que sea) especialmente si se trata de un gen dominante; y lo que resulta casi igual de evidente, es probable que todos los genes hayan pasado más tiempo en cuerpos ancestrales exitosos que en cuerpos que no lo fueron. Existen muchísimos cuerpos sin éxito, cada uno con su dotación completa de genes. Pero tienden a no tener descendencia (esto es lo que significa no tener éxito), de manera que, cuando un gen examina su biografía de cuerpos anteriores, observará que en realidad todos ellos tuvieron éxito (por definición), y quizá la mayoría (pero no todos) estaba equipada con lo que normalmente se necesita para tener éxito. Aquí la diferencia es que los individuos no equipados para tener éxito a veces consiguen reproducirse a pesar de su carencia; y otras veces, individuos magníficamente equipados para reproducirse y sobrevivir en unas condiciones promedio son alcanzados por el rayo.
Si, como ocurre con algunos ciervos, focas y monos, en la especie considerada los machos forman jerarquías de dominancia, y los machos dominantes monopolizan la mayor parte de la reproducción, entonces los genes de la especie tendrán más experiencia de cuerpos de machos dominantes que de machos subordinados. (Adviértase que ya no estamos utilizando dominante en su sentido genético técnico, cuyo opuesto es recesivo, sino en el sentido del lenguaje ordinario, cuyo opuesto es subordinado.) En cada generación, la mayoría de los machos son subordinados, pero sus genes siguen contemplando un fuerte linaje de antepasados dominantes cuando miran hacia atrás. En cada generación, la mayoría es engendrada por una minoría dominante en la generación previa. Si, como ocurre en los faisanes, suponemos que en la especie la mayor parte de la inseminación es efectuada por machos hermosos (para las hembras), la mayoría de genes presentes, se encuentren en hembras, en machos feos o en machos hermosos, puede mirar hacia atrás y contemplar un largo linaje de machos hermosos ancestrales. Los genes tienen más experiencia de cuerpos con éxito que de cuerpos mediocres.
En la medida en que los genes de una especie tienen una experiencia regular y recurrente de cuerpos subordinados, podemos esperar presenciar estrategias condicionales para «poner al mal tiempo buena cara». En aquellas especies en las que los machos que tienen éxito defienden belicosamente harenes grandes, a veces se observan machos subordinados que emplean estrategias alternativas «solapadas» para acceder momentáneamente a las hembras. Las focas poseen algunas de las sociedades de harén más desiguales del reino animal. En algunas poblaciones, menos de un 10 por ciento de los machos ejecuta más del 90 por ciento de las cópulas. La mayoría célibe de machos, al tiempo que aguarda su oportunidad de deponer a uno de los machos dominantes, está alerta por si se presentan ocasiones de cópula furtiva con hembras que temporalmente estén sin vigilancia. Pero para que una tal estrategia masculina alternativa se vea favorecida por la selección natural, debe existir al menos un goteo significativo de genes que se hayan introducido furtivamente a lo largo de las generaciones a través de estas cópulas robadas. Así pues, en nuestra metáfora del «diario de un gen», al menos algunos genes han pasado por machos subordinados en su experiencia ancestral.
No se engañe el lector por la palabra «experiencia». No es sólo que el término debe tomarse en sentido metafórico y no literal. Esto, espero, es evidente. Menos obvio es el hecho de que la metáfora, es mucho más reveladora si se piensa en el acervo genético de la especie (en lugar de un solo gen) como la entidad que adquiere experiencia a partir de su pasado ancestral. Éste es otro aspecto de nuestra doctrina del «cooperador egoísta». Permítaseme explicar qué significa decir que una especie, o su acervo genético, aprende a partir de la experiencia. La especie cambia a lo largo del tiempo evolutivo. En cualquier generación, desde luego, la especie está constituida por el conjunto de sus miembros individuales vivos. Obviamente, este conjunto cambia a medida que nacen nuevos miembros y mueren los viejos. No se puede decir que este cambio se beneficie de la experiencia en sí mismo, pero la distribución estadística de la población de genes puede desplazarse sistemáticamente en una dirección específica, y en esto consiste la «experiencia de la especie». Si se está iniciando una glaciación, cada vez habrá más individuos con gruesos pelajes lanudos. En cada generación, los individuos de pelaje más denso tienden a contribuir con más descendientes que la media a la generación siguiente, y con ellos los genes para pelaje más denso. La población entera de genes (y por ende los genes que es probable que contenga un individuo típico) se desplaza en el sentido de contener cada vez más genes para pelaje denso. Lo mismo pasa con otros tipos de genes. A medida que se suceden las generaciones, todo el conjunto de genes de una especie (el acervo genético) es esculpido y tallado, moldeado y modelado de modo que sirva para producir individuos exitosos. Es en este sentido en el que digo que la especie aprende a partir de su experiencia en el arte de construir buenos cuerpos individuales, y almacena sus experiencias en forma codificada en el conjunto de genes del acervo de la especie. El tiempo geológico es la escala temporal de la experiencia de las especies. La información que la experiencia empaqueta es información sobre ambientes ancestrales y cómo sobrevivir en ellos.
Una especie es un ordenador que promedia. Este ordenador elabora, a lo largo de las generaciones, una descripción estadística de los mundos en los que vivieron y se reprodujeron los antepasados de los miembros vivos de la especie. Esta descripción está escrita en el lenguaje del ADN. No reside en el ADN de un individuo concreto, sino en el colectivo de genes (los cooperadores egoístas) de la población reproductora entera. Quizá «información o lectura de salida» (Readout) sea más apropiado que «descripción». Si se encuentra el cuerpo de un animal, una nueva especie previamente desconocida para la ciencia, un zoólogo que esté al día y al que se le permita examinar y disecar cualquier detalle del animal debería ser capaz de «leer» su cuerpo y decimos en qué tipo de ambiente han vivido sus antepasados: desierto, pluvisilva, tundra ártica, bosque templado o arrecife de coral. El zoólogo también debería poder decimos, leyendo sus dientes y su tubo digestivo, qué comía el animal. Unos dientes molares planos y un tubo digestivo largo con ciegos complicados indicarían que era un herbívoro; unos dientes afilados y cortantes y un tubo digestivo corto y sencillo indicarían un carnívoro. Los pies del animal, sus ojos y otros órganos de los sentidos indicarían cómo se desplazaba y obtenía su alimento. Sus listas o colores llamativos, sus cuernos, astas o crestas, ofrecerían un resumen, para el experto, de su vida social y sexual.
Pero la ciencia zoológica debe recorrer todavía un largo camino. La «lectura» que puede hacer la zoología actual del cuerpo de una especie recién descubierta sólo permite un veredicto aproximado y cualitativo sobre su probable habitat y forma de vida. La zoología del futuro introducirá en el ordenador muchas más medidas de la anatomía y la química del animal que se va a «leer». Más importante aún es que estas medidas no deben evaluarse por separado. Habrá que perfeccionar las técnicas matemáticas para combinar información procedente de los dientes, el tubo digestivo, la química del estómago, la coloración y las armas sociales, la sangre, los huesos, los músculos y los ligamentos. Habrá que incorporar métodos para analizar las interacciones mutuas de dichas medidas. El ordenador, mediante la combinación de todo lo que se sepa sobre el cuerpo de un animal desconocido, construirá un modelo detallado y cuantitativo del mundo o mundos en los que vivieron sus antepasados. Esto, pienso, equivale a decir que el animal, cualquier animal, es un modelo o descripción de su propio mundo, o más exactamente de los mundos en los que los genes de sus antepasados fueron seleccionados de forma natural.
En unos pocos casos, el cuerpo de un animal es una descripción del mundo en el sentido literal de una representación pictórica. Un insecto palo vive en un mundo de ramitas, y su cuerpo es una escultura representacional de una ramita, con las cicatrices de las hojas, las yemas y todo lo demás. El pelaje de un cervato es una pintura del patrón moteado de la luz solar filtrada a través del ramaje sobre el suelo del bosque. Una geómetra del abedul (la polilla Biston betularia) es un modelo de liquen sobre la corteza de un árbol. Pero, así como el arte no tiene por qué ser literal ni representacional, puede decirse que los animales también representan a veces su mundo de otras maneras: impresionistas, por así decirlo, o simbólicas. Un artista que busque una impresión espectacular de velocidad en el aire difícilmente podrá encontrar otra cosa mejor que la forma de un vencejo común. Quizás ello se deba a que poseemos una comprensión intuitiva del aerodinamismo, quizá porque nos hemos acostumbrado a la belleza aerodinámica de los modernos aviones a reacción, quizá porque tenemos algún conocimiento de la física de la turbulencia y del número de Reynolds, en cuyo caso podemos decir que la forma del vencejo incorpora hechos codificados acerca de la viscosidad del aire en el que volaron sus antepasados. Sea como sea, el vencejo se nos antoja tan bien adaptado a un mundo de flujo de aire a alta velocidad como un guante a una mano, impresión que se ve reforzada cuando la comparamos con el torpe forcejeo de un vencejo que ha caído al suelo y es incapaz de levantar el vuelo.
Un topo no es literalmente la forma de un túnel subterráneo. Más bien es una especie de imagen negativa de un túnel, modelada para deslizarse a través del mismo. Sus manos no son literalmente como el suelo, pero semejan palas que, por experiencia o intuición, podemos ver como el complemento funcional del suelo: palas accionadas por potentes músculos excavadores. Hay casos aún más sorprendentes en los que un animal, o parte de él, no se parece literalmente a su mundo pero se ajusta como un guante a alguna parte del mismo. El abdomen arrollado de un cangrejo ermitaño es una representación codificada de las conchas de moluscos que albergaron los genes de sus antepasados. También podríamos decir que los genes del cangrejo ermitaño contienen una predicción codificada acerca de un aspecto del mundo en el cual encajará. Puesto que los modernos caracoles y buccinos son, por termino medio, iguales a los caracoles y buccinos antiguos, los cangrejos ermitaños todavía encajan en ellos y sobreviven; la predicción se cumple.
Existe una especie de acaro diminuto que se ha especializado en instalarse en un lugar preciso de la parte interior de las mandíbulas en forma de pinza de una determinada casta obrera de hormigas legionarias o cazadoras. Otra especie de ácaro se instala en la primera articulación de la antena de una hormiga legionaria. Cada uno de estos ácaros tiene la forma adecuada para encajar en su habitat concreto, del mismo modo que una llave encaja en una cerradura (el profesor C.W. Rettenmeyer me ha hecho saber, con gran pesar por mi parte, que no hay ácaros modelados para las antenas izquierdas y otros para las antenas derechas). Así como una llave contiene información (complementaria o negativa) sobre su propia cerradura (información sin la cual la puerta no puede abrirse), el ácaro contiene información sobre su mundo, en este caso la forma de la articulación del insecto en la que se aloja. (Los parásitos suelen ser llaves muy especializadas que encajan en las cerraduras de sus patrones de manera mucho más precisa que los depredadores, presumiblemente porque es insólito que un depredador ataque a una sola especie de presa. La distinguida bióloga Miriam Rothschild posee un caudal de ejemplos deliciosos, entre ellos el de un «gusano que vive exclusivamente bajo los párpados del hipopótamo y se alimenta de sus lágrimas».)
A veces el ajuste del animal a su mundo es intuitivamente claro, para el sentido común o para el ojo adiestrado del ingeniero. Todo el mundo puede adivinar por qué los pies palmeados son tan comunes entre los animales que penetran frecuentemente en el agua (patos, ornitorrincos, ranas, nutrias y otros). Si el lector tiene alguna duda, cálcese un par de pies de pato de goma y experimente la sensación de liberación inmediata al nadar. Incluso puede llegar a desear haber nacido con pies de pato… hasta que salga del agua e intente andar con las aletas de goma. Mi amigo Richard Leakey, paleoantropólogo, conservacionista y héroe africano, perdió ambas piernas en un accidente de avioneta. Ahora tiene dos pares de piernas artificiales: un par con zapatos fijos de tamaño extragrande para dar estabilidad, que utiliza para andar, y otro par con aletas para nadar. Los pies que son buenos para un modo de vida son malos para otro. Es difícil diseñar un animal que pueda hacer bien dos cosas tan distintas. Todo el mundo puede ver por qué las nutrias, las focas y otros animales que viven en el agua y respiran aire suelen tener orificios nasales que pueden cerrarse a voluntad. Aquí también, los nadadores humanos recurren a veces a artificios, en este caso una pinza para la nariz, parecida a una pinza para la ropa. Cualquiera que vea a un oso hormiguero comiendo en un hormiguero o termitero puede ver de inmediato por qué estos animales están dotados de un hocico largo y delgado junto con una lengua pegajosa. Esto es así no sólo para los osos hormigueros especializados de Suramérica, sino también para los pangelines y el cerdo hormiguero de África, que no están emparentados con ellos, y para el numbat u hormiguero marsupial, todavía menos relacionado, y los hormigueros espinosos o equidnas, de parentesco todavía más distante, de Australasia. Menos evidente es la razón por la cual todos los mamíferos que comen hormigas o termes tienen una temperatura corporal baja comparada con la de la mayoría de mamíferos y, en correspondencia, una tasa metabólica baja.
Nuestros zoólogos del futuro, para poder reconstruir los mundos ancestrales y las descripciones genéticas de los mismos, tendrán que sustituir el sentido común intuitivo por la investigación sistemática. He aquí cómo podrían actuar. Empezarán listando un conjunto de animales sin un parentesco estrecho, pero que compartan un aspecto importante de su vida. Los mamíferos acuáticos serían un buen caso de prueba. En más de una docena de ocasiones distintas, mamíferos terrestres han vuelto a buscarse la vida, total o parcialmente, en el agua. Sabemos que lo hicieron de manera independiente porque sus primos más allegados viven todavía en tierra. El desmán de los Pirineos (Desmana pyrenaica) es una especie de topo acuático estrechamente emparentado con nuestros familiares topos excavadores. Desmanes y topos son miembros del orden insectívoros. Otros miembros de los insectívoros que han evolucionado independientemente para vivir en las aguas dulces incluyen las musarañas acuáticas, una especie acuática de tenrec (un grupo exclusivo de Madagascar) y tres especies de musarañas nutria. Esto supone cuatro retornos al agua independientes sólo entre los insectívoros. Cada uno de los cuatro géneros está más emparentado con formas terrestres que con los otros géneros dulceacuícolas de la lista. Las tres musarañas nutria deben contarse como un solo retorno al agua, porque están estrechamente emparentadas entre sí y presumiblemente descienden todas de un antepasado acuático reciente. Los cetáceos actuales probablemente representan, a lo sumo, dos retornos separados al agua: los cetáceos con dientes (entre ellos los delfines) y los cetáceos con ballenas. Los dugones y manatíes actuales son primos hermanos, y es seguro que tienen un antepasado común marino; por lo tanto, también ellos representan un único retomo al mar. En la gran familia de los cerdos, la mayoría de especies vive en tierra, pero los hipopótamos han retomado parcialmente al agua. Los castores y las nutrias verdaderas son otros animales cuyos antepasados volvieron al agua. Pueden compararse directamente con primos que permanecieron en tierra, como los perrillos de las praderas en el caso de los castores y los tejones en el caso de las nutrias. Los visones son miembros del mismo género que las comadrejas y los armiños (esto los hace tan emparentados entre sí como caballos, cebras y asnos), pero son semiacuáticos y poseen pies parcialmente palmeados. Hay un marsupial acuático sudamericano, el yapok o tlacuache de agua (Chironectes minimus), que puede compararse directamente con sus primos terrestres las zarigüeyas. Entre los mamíferos de Australasia que ponen huevos, los ornitorrincos viven principalmente en el agua y los equidnas en tierra. Podemos confeccionar una lista respetable de parejas que casan, con cada grupo acuático independiente junto a su primo terrestre más cercano.
A partir de la lista de pares correspondientes, podemos advertir de inmediato algunos hechos evidentes. La mayoría de animales acuáticos tiene pies al menos parcialmente palmeados; algunos poseen una cola modificada en forma de pala. Tales características son evidentes, de la misma manera que lo es la lengua pegajosa y larga que comparten las distintas especies de mamíferos comedores de hormigas. Pero, al igual que la baja tasa metabólica propia de los mamíferos hormigueros, hay probablemente características menos obvias que los animales acuáticos comparten y que los distinguen de sus primos terrestres. ¿Cómo las descubriremos? Mediante un análisis estadístico sistemático; quizás algo parecido a lo que sigue.
Mirando nuestra tabla de pares de especies correspondientes, realizamos una gran cantidad de medidas, las mismas para todos los animales. Medimos todo aquello que se nos ocurra, sin ninguna expectativa previa: anchura de la pelvis, radio del ojo, longitud del tubo digestivo y otras docenas de medidas, quizá todas ellas escaladas en relación al tamaño total del cuerpo. Después introducimos todas las medidas en el ordenador y le hacemos calcular qué medidas deben tener un peso mayor para discriminar a los animales acuáticos de sus primos terrestres. Podemos calcular un número, el «número discriminatorio», sumando las contribuciones de todas las medidas, multiplicada cada una por un factor ponderante. El ordenador ajusta el peso asignado a cada medida, con el fin de maximizar la diferencia, en la suma final, entre los mamíferos acuáticos y sus contrapartidas terrestres. Es presumible que del análisis surja un índice de palmeadura de los pies con un fuerte peso. El ordenador descubrirá que vale la pena (si estamos intentando maximizar la diferencia entre los animales acuáticos y terrestres) multiplicar el índice de palmeadura por un número elevado antes de sumarlo al número discriminatorio. Otras medidas (cosas que los mamíferos comparten con independencia de lo húmedo que sea su mundo) tendrán que ser multiplicadas por cero para eliminar su contribución irrelevante y confusa a la suma ponderada.
Al final del análisis observamos los pesos de todas nuestras medidas. Las que aparezcan con los pesos mayores, como el índice de palmeadura de los pies, son las que tienen algo que ver con la acuaticidad. La palmeadura de los pies es evidente. Lo que esperamos es que el análisis descubra otros discriminadores importantes que no son tan evidentes. De carácter bioquímico, por ejemplo. Cuando los hayamos encontrado, podremos rascamos la cabeza y preguntamos qué conexión tienen con el hecho de vivir en el agua o en tierra. Esto puede sugerir hipótesis para investigaciones ulteriores; y aunque no sea así, es muy probable que cualquier medida que nos dé una diferencia estadísticamente significativa entre animales que han adoptado cierto modo de vida y sus primos que no lo han hecho nos revele algo importante acerca de ese modo de vida.
Podemos hacer lo mismo con los genes. Sin ninguna hipótesis previa acerca de cuál es su función, realizamos una búsqueda sistemática de similitudes genéticas entre animales acuáticos no emparentados, que no sean compartidas por sus primos cercanos terrestres. Si encontramos algunos efectos fuertes y estadísticamente significativos, aun cuando no sepamos qué hacen esos genes, yo diría que aquello que estemos observando podrá considerarse una descripción genética de los mundos acuáticos. La selección natural, repitámoslo, funciona como un ordenador promediador, que hace lo equivalente a los cálculos que acabamos de programar para nuestro ordenador artificial.
Las especies adoptan a menudo varios tipos de vida, que pueden ser radicalmente distintos entre sí. Una oruga, y la mariposa en la que se convierte, son miembros de la misma especie, pero nuestra reconstrucción de zoólogo de sus dos modos de vida sería absolutamente distinta. Oruga y mariposa contienen exactamente el mismo conjunto de genes, y los genes deben describir ambos ambientes, pero por separado. Es presumible que un grupo de ellos se active en la fase de oruga, de crecimiento y consumo de hojas, y que otro conjunto de genes muy distinto se active en la fase adulta, reproductora y libadora de néctar.
Los machos y las hembras de la mayoría de especies viven de manera al menos algo distinta. Las diferencias llegan al extremo en los peces pescadores de caña (ceratioideos abisales), en los que el macho se fija como una diminuta protuberancia parásita al voluminoso cuerpo de la hembra. En la mayoría de especies, nosotros incluidos, tanto el macho como la hembra contienen la mayoría de genes para ser macho o hembra. Las diferencias residen en los genes que se activan. Todos poseemos genes para la formación de penes y genes para la formación de úteros, con independencia de nuestro sexo. (Dicho sea de paso, «sexo» es correcto, mientras que «género» no lo es. Género es un término técnico gramatical, que se aplica a las palabras, no a los organismos. En alemán, el género de una muchacha es neutro, pero su sexo es femenino. Los lenguajes amerindios tienen típicamente dos géneros animado e inanimado. La asociación de género con sexo en algunos grupos de lenguajes es fortuita. Resulta gracioso que el eufemismo políticamente correcto —decir género cuando uno se refiere al sexo de cada cual— sea, en consecuencia, un ejemplo de imperialismo occidental.) Si lee únicamente el cuerpo de un macho o de una hembra nuestro futuro zoólogo obtendrá una imagen incompleta de los mundos ancestrales de la especie. Por el contrario, los genes de cualquier miembro de la especie serán prácticamente suficientes para reconstruir una imagen completa de la gama de modos de vida que la especie ha experimentado.
Los cucos o cuclillos parásitos son una rareza, y una rareza fascinante desde el punto de vista del Libro Genético de los Muertos. Como es bien sabido, son criados por padres adoptivos de una especie que no es la suya. Nunca crían a sus propios hijos. No todos son criados por la misma especie adoptiva. En Inglaterra, algunos son criados por bisbitas comunes (Anthus pratensis), otros por carriceros comunes (Acrocephalus scirpaceus), menos por petirrojos (Erithacus rubecula) y otras especies, pero la mayoría es criada por acentores comunes (Prunella modularis). Sucede que el principal especialista británico en acentores comunes y autor de Dunnock Behaviour and Social Evolution [Comportamiento y evolución social del acentor común] (1992) es también el principal investigador actual de la biología del cuco: Nicholas Davies, de la Universidad de Cambridge. Basaré mi relato en la obra de Davies y su colega Michael Brooke, porque se presta especialmente bien a la metáfora de la «experiencia» de mundos ancestrales. A menos que se diga lo contrario, me referiré al cuco o cuclillo común, Cuculus canorus.
Aunque se equivoca un 10 por ciento de las veces, normalmente una hembra de cuco pone sus huevos en el mismo tipo de nido que su madre, su abuela materna, su bisabuela materna y así sucesivamente. Es de suponer que las jóvenes hembras memorizan las características de su nido adoptivo y las buscan cuando les llega su turno. Así, en lo que respecta a las hembras, hay cucos de acentores comunes, cucos de carriceros comunes, cucos de bisbitas comunes, etcétera, y comparten este atributo con sus parientes de la línea materna. Pero no se trata de especies distintas, ni siquiera de razas separadas en el sentido habitual de la palabra. Se los denomina «gentes» (singular «gens»). La razón de que un gens no sea una raza o especie verdadera es que los cucos macho no pertenecen a ningún gens. Puesto que no ponen huevos, nunca tienen que escoger un nido adoptivo; y cuando un cuco macho se aparea, lo hace con un cuco hembra, con independencia de su gens y sin tener en cuenta qué especies adoptivas los criaron. De ahí se seguiría que hay flujo génico entre los gentes. Los machos transportan genes de uno a otro gens femenino. La madre de una hembra, su abuela materna y su bisabuela materna pertenecerán todas al mismo gens, pero su abuela paterna, las dos bisabuelas paternas y todos sus antepasados femeninos a los que está ligada por cualquier antepasado masculino pueden pertenecer a cualquier gens. Desde el punto de vita de la «experiencia» genética, la consecuencia es muy interesante. Recuérdese que, en las aves, es el sexo femenino el que posee los cromosomas sexuales desiguales, X e Y, mientras que el sexo masculino posee dos cromosomas X. Piénsese en lo que esto representa para la experiencia ancestral de los genes de un cromosoma Y. Puesto que es transmitido de manera inmutable a lo largo de la línea femenina, y nunca se desvía hacia rutas de experiencia masculina, un cromosoma Y permanece estrictamente en el interior de un gens. Es un cromosoma Y de cuco de acentor común o un cromosoma Y de cuco de bisbita común. Su «experiencia» de progenitores adoptivos es la misma generación tras generación. En este sentido difiere de todos los demás genes del cuco, porque todos ellos han pasado algún tiempo en cuerpos masculinos y, por lo tanto, se han barajado libremente entre los distintos gentes femeninos, experimentándolos todos en proporción a su frecuencia.
En nuestro lenguaje de los genes como «descripciones» de ambientes ancestrales, la mayoría de genes de cuco podrán describir aquellas características compartidas por la gama completa de nidos adoptivos que la especie ha parasitado. El cromosoma Y, en cambio, describirá un solo tipo de nido adoptivo, una especie de padres adoptivos. Esto significa que los genes del cromosoma Y, de una manera que no es posible para otros genes de cuclillo, se encontrarán en posición de producir por evolución ardides especializados para sobrevivir en el nido de su especie adoptiva concreta. ¿Qué tipo de ardides? Bien, los huevos de cuco muestran al menos una cierta tendencia a imitar los huevos de sus especies adoptivas. Los huevos de cuco depositados en nidos de bisbitas comunes son como huevos grandes de bisbitas comunes. Los huevos de cuco puestos en nidos de carniceros comunes son como huevos grandes de carriceros comunes. Los huevos de cuco puestos en nidos de lavandera blanca enlutada (Motacilla alba yarrelli) se parecen a huevos de lavandera blanca enlutada. Presumiblemente esto beneficia a los huevos de cuco, que de otro modo podrían ser rechazados por los padres adoptivos. Pero piénsese en lo que debe suponer desde el punto de vista genético.
Si los genes para el color del huevo estuvieran en cualquier cromosoma que no fuera el Y, serían transmitidos a través de los machos a los cuerpos de hembras pertenecientes a toda la variedad de gentes. Ello significa que serían transportados a toda la gama de nidos de huéspedes y no habría una presión selectiva consistente para imitar a un tipo de huevo más que a otro. En estas circunstancias, sería difícil que sus huevos imitaran nada fuera de las características más generales de los huevos de todos los huéspedes. Aunque no hay evidencia directa, es razonable suponer que los genes específicos del mimetismo de los huevos se localizan en el cromosoma Y del cuco. Las hembras los portarán, generación tras generación, a los nidos del mismo huésped. Su «experiencia» ancestral estará asociada en su totalidad a los ojos discriminadores del mismo huésped, y dichos ojos ejercerán la presión selectiva que dirige su pauta y color de manchas hacia el mimetismo de los huevos del huésped.
Hay una excepción conspicua. Los huevos de cuco puestos en nidos de acentor común no se parecen a los huevos del acentor común, y no son más variables entre sí que los huevos puestos en nidos de carricero común o de bisbita común: su color es distintivo de los cucos del gens de acentor común, y no se parecen demasiado a los huevos de ningún otro gens, pero tampoco se parecen a los huevos de acentor común. ¿A qué se debe esto? Podría pensarse que, al ser los huevos de acentor común de un color azul pálido uniforme, son más difíciles de imitar que los huevos de carricero común o de bisbita común. Quizá los cucos simplemente carecen de la dotación fisiológica para producir huevos de color azul uniforme. Siempre sospecho de estas teorías de último recurso, y en este caso hay evidencias en contra. En Finlandia existe un gens de cuclillo que parásita colirrojos reales (Phoenicurus nhoenicurus), que también tienen huevos de color azul uniforme. Estos cuclillos, que pertenecen a la misma especie que los cucos británicos, ponen huevos de color azul uniforme. Esto demuestra que el fracaso de los cucos británicos en imitar los huevos de acentor común no puede achacarse a la incapacidad innata de producir el color azul sin motas.
Davies y Brooke creen que la verdadera explicación reside en el hecho de que la relación entre acentores comunes y cucos es reciente. Los cucos entablan carreras armamentistas en el tiempo evolutivo con cada especie huésped, y el gens del que estamos tratando sólo recientemente ha «invadido» a los acentores comunes. En consecuencia, éstos no han tenido tiempo de desarrollar contramedidas. Y los cucos asociados a acentores comunes tampoco han tenido tiempo de desarrollar por evolución huevos que imiten a los de su huésped, o bien no los necesitan porque éstos todavía no han desarrollado el hábito de discriminar huevos ajenos de los propios. En el lenguaje de este capítulo, ni el acervo genético del acentor común ni el del cuco (o, mejor, el cromosoma Y del gens de acentor común del cuco) han tenido suficiente experiencia del otro como para desarrollar contramedidas evolutivas. Quizá los cucos de acentor común están todavía adaptados a burlar a una especie adoptiva distinta, la que su antepasado femenino abandonó cuando puso el primer huevo en un nido de acentores comunes.
Bisbitas comunes, carriceros comunes y lavanderas blancas enlutadas son, según esta manera de verlo, viejos enemigos de sus gentes respectivos de cuclillos. Ha habido mucho tiempo para que ambos bandos hayan acumulado una gran cantidad de armamento. Los huéspedes han desarrollado ojos penetrantes para los huevos impostores, y los cucos poseen disfraces para sus huevos igual de astutos. Los petirrojos son un caso intermedio. Sus cucos ponen huevos que se parecen algo a los de petirrojo, pero no mucho. Quizá la carrera armamentista entre petirrojos y el gens petirrojo de los cucos es de una antigüedad intermedia. Según esta hipótesis, los cromosomas Y de los cucos de petirrojo tienen cierta experiencia, pero su descripción de ambientes ancestrales recientes (de petirrojo) es todavía superficial y está contaminada por las descripciones previas de otras especies «experimentadas» previamente.
Davies y Brooke realizaron experimentos colocando deliberadamente huevos suplementarios de varios tipos en nidos pertenecientes a distintas especies de aves. Querían saber qué especie aceptaría, o rechazaría, los huevos extraños. Su hipótesis era que que las especies que han sostenido una larga carrera armamentista con los cucos tendrían más posibilidades, como consecuencia de su «experiencia» genética, de rechazar los huevos extraños. Una manera de comprobarlo era buscar especies que ni siquiera fueran adecuadas como huéspedes para los cucos. Los pollos de cuco comen insectos o gusanos. Las especies que alimentan a sus pollos con semillas, o las que anidan en agujeros que las hembras de cuco no pueden alcanzar, nunca han corrido el riesgo de ser parasitadas por los cuclillos. Davies y Brooke predijeron que estas aves no se preocuparían si se introducían experimentalmente huevos extraños en sus nidos. Y así sucedió. En cambio, las especies que son adecuadas para los cucos, como los pinzones vulgares (Fringilla coelebs), los zorzales comunes (Turdus philomelos) y los mirlos comunes (Turdus merula), mostraron una tendencia más fuerte a rechazar los huevos experimentales que Davies y Brooke, haciendo de cucos, depositaron en sus nidos. Los papamoscas son potencialmente vulnerables porque dan de comer a sus pollos una dieta apta para los cucos. Pero mientras que los papamoscas grises (Muscícapa striata) hacen nidos abiertos y accesibles, los papamoscas cerrojillos (Ficedula hypoleuca) anidan en agujeros demasiado pequeños para las hembras de cuco. Naturalmente, cuando los experimentadores pusieron huevos extraños en sus nidos, los papamoscas cerrojillos, con sus acervos genéticos «inexpertos», aceptaron los huevos extraños sin rechistar; los papamoscas grises, en cambio, los rechazaron, lo que sugiere que sus acervos genéticos estaban al tanto de la amenaza del cuco desde hacía tiempo.
Davies y Brooke realizaron experimentos similares con especies parasitadas por los cucos. Bisbitas comunes, carriceros comunes y lavanderas blancas enlutadas rechazaban por lo general los huevos añadidos artificialmente. Como corresponde a la hipótesis de «falta de experiencia ancestral», los acentores comunes no lo hacían, y tampoco los chochines (Troglodytes troglodytes). Los petirrojos y los carricerines comunes (Acrocephalus schoenobaenus) mostraban una conducta intermedia. En el otro extremo, los escribanos palustres (Emberiza schoeniclus), que son adecuados para los cucos pero poco parasitados por ellos, mostraban un rechazo total de los huevos extraños. No es sorprendente que los cucos no los parasiten. La interpretación de Davies y Brooke sería presumiblemente que los escribanos palustres han terminado ganando una larga carrera armamentista ancestral con los cucos. Los acentores comunes se encuentran al principio de su carrera armamentista. Los petirrojos están un poco más avanzados en la suya. Bisbitas comunes, carriceros comunes y lavanderas blancas enlutadas; se encuentran en la mitad de su carrera armamentista.
Cuando decimos que los acentores comunes acaban de empezar su carrera armamentista con los cucos, «acaban de empezar» debe interpretarse teniendo presentes las escalas de tiempo evolutivas. Para los estándares humanos, la asociación podría ser muy antigua. El Oxford English Dictionary of Quotations cita una referencia de 1616 al heisugge (nombre arcaico para el acentor común o gorrión de seto) como «un pájaro que empolla los huevos de cuco». Davies señala los siguientes versos de El rey Lear, I, iv, escrito una década antes:
Pues como ya sabéis, amo,
por tanto tiempo el cuco nutría al gorrión
que por las crías su cabeza arrancada acabó.[30]
Y en el siglo XIV, Chaucer escribió acerca del trato que el cuco daba al acentor común en El parlamento de las aves:
«¡Tú mataste al gorrión en la rama
Que te procreó, tú, despiadado glotón!»[31]
Aunque acentor común, gorrión de seto y heysoge aparecen como sinónimos en el diccionario, no puedo dejar de pensar hasta qué punto podemos fiarnos de la ornitología medieval. El mismo Chaucer utilizaba el lenguaje con bastante precisión, pero no obstante se ha dado a veces el nombre de gorrión a lo que en la actualidad se denomina técnicamente un PPP (pequeño pájaro pardo). Puede que éste fuera el significado de Shakespeare en lo que sigue, de Enrique IV, parte 1, V, i:
Y, habiendo sido alimentado por nosotros, nos utilizaste
Al igual que esta gaviota maligna, el cuclillo,
Utiliza al gorrión: tiranizaste nuestro nido;
Creciste por nuestro alimento hasta un tamaño tan grande
Que incluso nuestro amor no osaba acercarse a ti
Por miedo de que te lo tragaras.
Gorrión, sin más, se aplicaría hoy al gorrión común, Passer domesticus, que nunca es parasitado por cucos. A pesar de su nombre alternativo de gorrión de seto, el acentor común, Prunella modularis, no está emparentado con el gorrión; es un «gorrión» únicamente en el sentido laxo de pequeño pájaro pardo. En cualquier caso, aun dando por buena la evidencia de Chaucer, que demostraría que la carrera armamentista entre cucos y acentores comunes se remonta como mínimo al siglo XIV, Davies y Brooke citan cálculos teóricos que tienen en cuenta la rareza relativa de los cucos y que sugieren que este tiempo es todavía lo bastante corto en términos evolutivos para explicar la aparente ingenuidad de los acentores comunes cuando se enfrentan a los cucos.
Antes de dejar a los cucos, he aquí un interesante pensamiento. Podría ser que hubiera más de un gens de, pongamos por caso, cucos de petirrojo, que existirían simultáneamente y habrían conseguido de manera independiente sus huevos miméticos. Puesto que no hay flujo génico entre ellos en lo que respecta a los cromosomas Y, podría haber mimetas fíeles de huevos coexistiendo con mimetas menos perfectos. Todos son capaces de aparearse con los mismos machos, pero no comparten los mismos cromosomas Y. Los mimetas fíeles descenderían de una hembra que comenzó a parasitar petirrojos hace mucho tiempo. Los menos acabados descenderían de una hembra distinta que comenzó a parasitar petirrojos más recientemente, quizás a partir de una especie huésped predecesora distinta. Las hormigas, los termes y otros insectos sociales son raros en otro aspecto. Poseen obreras estériles, que suelen estar divididas en varias «castas»: soldados, obreras media (de tamaño medio), obreras minor (pequeñas), etc. Cualquier obrera, sea cual sea su casta, contiene genes que podrían haberla convertido en miembro de cualquier otra casta. En función de las distintas condiciones de cría, se activan distintos conjuntos de genes. Mediante la regulación de estas condiciones de cría, la colonia gestiona un equilibrio útil de las distintas castas. Con frecuencia las diferencias entre castas son espectaculares. En la especie asiática Pheidologeton diversus, la casta de obreras grandes, especializadas en abrir caminos nivelados para los demás miembros de la colonia, es 500 veces más pesada que la casta pequeña, que realiza todas las tareas propias de una hormiga obrera. La misma dotación génica hace que una larva crezca hasta convertirse en un brobdingnagiense o se quede en liliputiense,[32] dependiendo de qué genes se activen. Las hormigas odre (Myrmecocystus mexicanum y otras especies) son tinas de almacenamiento inmóviles, cuyos abdómenes distendidos por el néctar cuelgan del techo del nido como esferas amarillas transparentes. Las tareas normales de defensa del nido, búsqueda de comida y, en este caso, relleno de las tinas vivientes, las realizan obreras normales de abdomen no distendido. Las obreras normales poseen genes que las facultan para ser odres de miel, y las hormigas odre, por lo que a sus genes se refiere, podrían igualmente bien ser obreras normales. Como en el caso de los sexos masculino y femenino, las diferencias visibles en la forma corporal dependen de los genes que se activan. En este caso los factores determinantes son ambientales, quizá la dieta. De nuevo, el zoólogo del futuro podrá leer a partir de los genes, pero no del cuerpo, de cualquier miembro de la especie una imagen completa de las vidas dispares de las distintas castas.
El caracol europeo Cepaea nemoralis se presenta en diversos colores y diseños. El color de fondo de la concha puede ser uno de entre seis tonos distintos (en orden de dominancia, en el sentido técnico genético): pardo, rosa oscuro, rosa claro, rosa muy pálido, amarillo oscuro, amarillo claro. Superpuesto al color de fondo puede haber varias bandas, de cero a cinco. A diferencia de los insectos sociales, no es cierto que cada caracol individual esté dotado genéticamente para asumir cualquiera de las variantes. Estas diferencias tampoco están determinadas por diferentes ambientes de cría. Los caracoles listados poseen genes que determinan su número de listas, y los individuos de color rosa oscuro poseen genes responsables de este color. Pero todos los tipos pueden aparearse con todos los demás.
Las razones para la persistencia de muchos tipos diferentes de caracol (polimorfismo), así como la genética detallada del propio polimorfismo, han sido estudiadas de forma exhaustiva por los zoólogos ingleses A.J. Cain y el malogrado P.M. Sheppard y su escuela. Una parte importante de la explicación evolutiva es que la distribución de la especie abarca habitáis diferentes (bosque, pradera, suelo desnudo) y se necesita un diseño de color distinto para camuflarse de las aves en cada sitio. Los caracoles de los hayedos contienen una mezcla de genes de pradera porque se entrecruzan en los linderos. Un caracol de tierras bajas calizas posee algunos genes que previamente sobrevivieron en el cuerpo de antepasados de bosque; y su herencia, en función de otros genes del caracol, puede manifestarse en forma de listas. Nuestro zoólogo del futuro tendrá que observar el acervo génico de la especie en su conjunto para reconstruir toda la gama de sus mundos ancestrales.
Del mismo modo que la distribución espacial de los caracoles del género Cepaea abarca distintos habitáts, los antepasados de cualquier especie han cambiado ocasionalmente de modo de vida. Los ratones domésticos, Mus musculus, viven en la actualidad casi exclusivamente en las residencias humanas o sus alrededores, como beneficiarios no deseados de la agricultura humana. Pero, según los estándares evolutivos, este modo de vida es reciente. Tenían que vivir de alguna otra cosa antes de que existiera la agricultura humana. Sin duda, aquella otra manera de vivir era lo bastante similar para que sus habilidades genéticas entraran inmediatamente en servicio cuando apareció la bonanza agrícola. Se ha descrito a ratas y ratones como malas hierbas animales (por cierto, un buen ejemplo de imagen poética genuinamente esclarecedora). Son generalistas, oportunistas portadores de genes que ayudaron a sus antepasados a sobrevivir probablemente a través de una gama considerable de modos de vida; y todavía albergan los genes preagrícolas. Quienquiera que intente «leer» sus genes puede encontrar un confuso palimpsesto de descripciones de mundos ancestrales.
Si retrocedemos todavía más en el tiempo, el ADN de todos los mamíferos debe describir aspectos de ambientes muy antiguos así como de los más recientes. El ADN de un camello estuvo una vez en el mar, pero ha estado fuera de él durante unos buenos 300 millones de años. Ha pasado la mayor parte de la historia geológica reciente en desiertos, programando cuerpos para que resistieran el polvo y conservaran el agua. Como los farallones de arenisca que los vientos del desierto han cincelado con formas fantásticas, como las rocas que las olas del océano han moldeado, el ADN del camello ha sido esculpido para la supervivencia en los antiguos desiertos, y en mares todavía más antiguos, hasta dar camellos modernos. El ADN del camello habla (sólo es necesario que podamos entender su idioma) de los mundos cambiantes de los antepasados de los camellos. Sólo con que pudiéramos leer su idioma, el ADN de los atunes y las estrellas de mar tendría «mar» escrito en su texto. En el ADN de topos y lombrices de tierra se leería «subterráneo». Desde luego, todo el ADN diría además otras muchas cosas. El ADN de tiburones y guepardos diría «caza», así como mensajes distintos acerca del mar y la tierra. El ADN de monos y guepardos diría «leche». El ADN de monos y perezosos diría «árboles». El ADN de ballenas y dugones describe presumiblemente mares muy antiguos, tierras bastante antiguas y mares más recientes: de nuevo, palimpsestos complicados.
Las características del ambiente que se dan de forma frecuente o importante «pesan» mucho en la descripción genética en comparación con características raras o triviales. Los ambientes que residen en el pasado remoto tienen un peso diferente del de los recientes, presumiblemente más bajo, aunque no de ninguna manera obvia. Los ambientes que duraron largo tiempo en la historia de la especie tendrán un peso más prominente en la descripción genética que los acontecimientos ambientales que, por drásticos que pudieran haber parecido en su momento, fueron fogonazos geológicos.
Se ha sugerido poéticamente que el remoto aprendizaje marino de toda la vida terrestre se refleja en la bioquímica de la sangre, de la que se ha dicho que se parece a un mar salado primitivo. También el líquido del huevo de un reptil se ha descrito como un estanque privado, reliquia de los estanques en los que las larvas de sus antepasados anfibios habrían crecido. En la medida en que los animales y sus genes presentan este sello de la historia antigua, ello será por buenas razones funcionales. No será historia por el bien de la historia. He aquí el tipo de cosas que quiero decir con esto. Cuando nuestros antepasados remotos vivían en el mar, muchos de nuestros procesos bioquímicos y metabólicos se engranaron con la química marina (y nuestros genes se convirtieron en una descripción de dicha química) por razones funcionales. Pero (éste es un aspecto de nuestro razonamiento sobre el «cooperador egoísta») los procesos bioquímicos no sólo se engranan con el mundo externo, sino unos con otros. El mundo al que se adaptaron incluía las demás moléculas del cuerpo y los procesos químicos en los que tomaban parte. A continuación, cuando los remotos descendientes de estos animales marinos se desplazaron a tierra y se adaptaron gradualmente cada vez más a un mundo seco y aéreo, la vieja adaptación mutua de los procesos bioquímicos a cada uno de los otros (e, incidentalmente, a la «memoria» química del mar) persistió. ¿Por qué no habría de ser así, cuando los distintos tipos de moléculas en las células y en la sangre superan de manera tan grande a los distintos tipos de moléculas que se encuentran en el mundo exterior? Es sólo de una manera muy indirecta como los genes dejan entrever descripciones de los ambientes ancestrales. Lo que describen directamente, después de ser traducidos en el lenguaje paralelo de las moléculas de proteína, son las instrucciones para el desarrollo embrionario individual. Es el acervo genético de la especie en su conjunto el que es tallado para encajar en los ambientes que sus antepasados encontraron (razón por la cual he dicho que la especie es un mecanismo estadístico promediador). Es en este sentido indirecto en el que nuestro ADN es una descripción codificada de los mundos en los que sobrevivieron nuestros antepasados. ¿Y acaso no es éste un pensamiento cautivador? Somos archivos digitales del Plioceno africano, incluso de los mares del Devónico; almacenes andantes de la sabiduría de los viejos tiempos. Podríamos pasar toda una vida leyendo en esta antigua biblioteca y morir sin llegar a saciarnos con sus maravillas.

Richard Dawkins
Destejiendo el arco iris
Ciencia, ilusión y el deseo de asombro
Metatemas 

¿Es la ciencia un modo de entender el mundo que lo priva de cualquier sentido poético? ¿Se esfuma todo atisbo de magia en cuanto el científico desentraña el funcionamiento de la naturaleza? Cuando Newton, con un simple prisma, descompuso la luz blanca en el espectro de colores que se oculta tras ella, ¿despojó de lirismo al arco iris, como le recriminó Keats en un célebre poema?
Desde la astronomía y la genética hasta el lenguaje y la realidad virtual, Richard Dawkins nos demuestra -y nos convence con ejemplos irreprochables- que la ciencia también entraña belleza; y que el descubrimiento de los mecanismos que rigen los fenómenos naturales no sólo no destruye su poesía sino que la ensalza, revelándonos aspectos sorprendentes que de ninguna otra manera podríamos apreciar o imaginar. Con un enorme caudal de citas poéticas, Destejiendo el arco iris sugiere que puede aprenderse mucho de los poetas, que la ciencia debería saber recurrir a imágenes y metáforas inspiradoras que facilitarían una comprensión profunda y una investigación fértil.
Pero además de un manifiesto a favor de la poesía de la ciencia, Destejiendo el arco iris es también un alegato contundente contra los abusos de las seudociencias y un ataque contra los astrólogos, cartomantes y espiritistas que manipulan deshonestamente la credulidad y el ansia de sorpresa innatas en el ser humano. Una crítica, en definitiva, contra la «mala poesía» de algunas teorías, que en el texto se desmontan con pormenor.